sábado, 8 de julio de 2017

Desperate for wings

Tengo la sensación de no encajar, de no poder permanecer demasiado en un lugar porque no pertenezco a él. Sé que me queda camino por recorrer y a la vez entiendo que todavía no he encontrado mi camino. No es que no sueñe con algo, que no tenga aspiraciones, que las tengo; sino que pienso que en algún lugar está al que yo pertenezco. Querría escapar en un avión para encontrarme con ese lugar. Me gustaría descubrir los ojos en los que me encuentre, los ojos que me den el sí a los sueños que podamos compartir. Quizá debería haber nacido en otro momento. Tengo la sensación de que hago doscientas cosas sin hacer siquiera una que corresponda a lo que hace latir mi corazón. Veo a mi alrededor a mis amigas que se casan, que se mudan a otros países y yo sigo anclada en Madrid. Fumándome las horas libres, dando mi tiempo a cualquiera que necesite mi ayuda, quizá de manera egoísta por llenar mi horario, por mantenerme ocupada sin llegar a hacer algo realmente. Querría escapar hacia lugares a los que nunca he ido. Querría tener un alguien a quien contarle todo esto, querría tener un acompañante en mi camino. Siento que lo mío es un camino a la perdición, llegaré a los 30 sin saber a qué sabe una noche a solas con el amor de mi vida. Todo esto suena muy suicida, y seguro que ninguna de mis amigas se lo cree si les digo que es cómo me siento casi todos los días. Menos los cumpleaños de mis hermanos, y mi abuela, el resto de días me siento fuera de lugar, me siento un lugar en mí misma, aislada. Sola. Perdida. Sé que el cielo es largo, y los aviones van cada vez más rápido, sé que llegaré a mí destino, quizá no a los 31 que cumplo en agosto, sino a los 45 que cumpliré algún día. Solo sé que existe ese lugar, en el que yo, empezaré a ser, a vivir, a respirar los sueños que llevo planeando y parece que Madrid no cumple. 

viernes, 2 de junio de 2017

Calendarios

Hay inviernos que duran demasiado, hay eneros que no se acaban y febreros llenos de semanas. Sin embargo, me encanta que vuelvan, me encanta levantar la hoja del calendario y ver que pone enero, en todas las lenguas posibles porque sigo poniendo los calendarios que me regalabas de tus viajes. Adoro el sentimiento de nostalgia de echarte tanto de menos que se me anude la garganta y me salgan pequeñas lágrimas que no duran ni un minuto. Hay inviernos que duran demasiado pero nunca tanto como el que pasamos aquel año, jamás podría haber imaginado que no te volveríamos a ver. Recuerdo despedirte en el aeropuerto el dos de enero, cargado de comida en conservas porque no te hacías con la cocina de aquel piso de Rotterdam, papá y yo no llegamos a verlo nunca. No pudimos ir a recoger tus cosas, era demasiado para los dos. Hay inviernos que duran demasiado, pero todos son pequeños comparado con la alegría que viví el día en que te vi por primera vez. Recuerdo todo tan bien, papá dirá que es mi memoria, pero yo sé que la tengo normal como todos los demás. Me viene a la cabeza la imagen de tus manitas agitándose en el aire para pedirme que te sacara de la cuna. No olvido la intensidad con la que gritabas porque te estaban saliendo los dientes, tu sonrisa el primer día de guardería, y lo que lloraste cuando supiste que no te podía acompañar yo. Te echo de menos en las cosas más inesperadas. Pocas veces llego a la cocina y sigue tu taza a medio beber del desayuno, tus hermanos lo dejan todo recogido. Ya no hay nadie, nadie que me descubre canciones nuevas y me haga escucharlas durante horas. Te echo de menos casi todas las horas. 

Dicen con el tiempo, las cosas se pasan, yo espero que nunca se me pase la ilusión de que llegue enero, y acordarme de cómo me mirabas la primera vez que estuvimos juntos. A ver cómo me miras la próxima vez que te vea. 

viernes, 26 de mayo de 2017

Satisfaction

Llevo toda la semana escuchando como un perro gime angustiado en el patio del edificio de la oficina. Empieza un poco después de las 9:30, cuando llego yo, siempre tarde. A veces, comentamos "pobre perro" " habría que ver qué le pasa". A mí se me ocurren mil cosas, puede estar muerto de hambre, de sed. Puede que su dueña se vaya pronto, y se quede solo hasta las 8:00 que vuelva cansada del trabajo, y solo le dé tiempo de sacarle 10 minutos por el barrio. Escuchando al perro se me ocurría también pensar cuántos de nosotros no estaremos así por dentro: solos, muertos de sed de algo más, deseando salir de donde estamos. Llevo 4 años encerrada en estas cuatro paredes; desde hace 2 meses, me reservo los martes por la tarde para buscar otro trabajo. De vez en cuando, me llegan ofertas maravillosas en Nueva Zelanda, en Italia o en Chile, y envío mi currículum corriendo, emocionada. Llego a casa y se lo comento a Lucas, y nos ponemos como tontos a pensar en cómo serán las casas en Nueva Zelanda, y quizá nos dura un par de días mirando precios de vuelos para allá, hasta que una semana después recibo un mail de "disculpa, hemos encontrado ya un candidato para el puesto, suerte en tu búsqueda" y sientes cómo se apagan las luces de la casa, con otro acento, como gimiendo de hambre, de sed de algo más. Pedimos todos los días que se cumplan los sueños que teníamos, y a veces, cuando dejo de quejarme, cuando tengo un día bueno, miro a mis hijos y entiendo que mi sueño está cumplido. Miro a Lucas, y entiendo que lo tengo todo, todo lo que siempre soñé. Se trata de no hacer de tu vida el trabajo, sino de saber que lo fundamental, lo que hace que tu corazón no deje de latir es la sonrisa de Gloria al llegar a casa, o la satisfacción de Marcos cuando ha terminado los deberes. La alegría de mi marido al despertarse a mi lado cada mañana.

 * * *
Ayer descubrimos que el perro vive en el 5º, parece que está solo, a su vecino han debido darle un trabajo en Nueva Zelanda y se ha ido a cumplir sus sueños. 


domingo, 2 de abril de 2017

Superbe

Fue cuando todas pensábamos que se había terminado. Que Ivy estaría acabada, que no encontraría la salida. Se conocían de las clases de teatro y los dos seguían ese ritmo de vida desenfrenado con aparencia legal, esa gente civilizada que en realidad cultiva una segunda identidad llena de extravagancias, y no todas sanas. Ivy estaba locamente enamorada de él, locamente hasta el extremo. Era una persona de extremos y sin embargo nunca habríamos adivinado cómo reaccionaría cuando Mel la dejó aquel día. Llegó a casa con una cerveza en la mano después de haber llorado hasta quedarse seca.

-Es un capullo.
-Ivy...

Nos quedamos sin palabras, nosotras siempre lo habíamos pensado, nunca quiso escucharnos. Cuando en una relación todo se vuelve como él es y no es una perfecta unión de dos individualidades irrepetibles, no suele ir por buen camino. Ivy se sentó en el sofá y siguió llorando como si no estuviéramos. 

-¿Qué quieres cenar?
-No tengo mucha hambre la verdad. 
-Ok...
-Estoy dándome cuenta de todo ahora, quizá es la cerveza. Era y es una mala persona y yo jamás le vi. Le quiero y le querré quizás siempre, pero no le necesito, no necesito nada que destruya lo que soy. "Soy el punto sobre tu 'i' , Ivy, somos la unión perfecta", seguro... 
-Ivy, deberías beber agua y acostarte. 

Ella lo daba siempre todo por él. Si tenía que ayudarle con sus redacciones de alemán, le ponía hasta la última coma y todo con el mayor cariño. Si Mel necesitaba espacio ella se iba de viaje hasta que él volviera a estar bien. Nunca vimos que la suya fuera una entrega interesada, le quería, y se conformaba con que él quisiera seguir a su lado. 

-No eres el punto sobre mi 'i', Mel Granier, no necesito ningún punto, mi vida es una 'i' en mayúscula. Me lo voy a tatuar, una gran 'i' en el antebrazo. Yo necesito una consonante que alargue el sonido de mi 'i' que cada vez la haga más grande, más sonora y más bonita. ¿Llegará esa persona, Martha?
-Seguro que sí, Ivy, tú te mereces lo mejor porque siempre das todo, y algún día recibirás aún más.

Siempre había sido alguien sensible pero sensata, se dejaba llevar por el corazón unido siempre a la cabeza. Ivy era una 'i' mayúcula en toda regla. Era una personalidad arrolladora y todas sabíamos que siempre sería feliz. Aquel año se le cruzó un chico que se enamoró tanto de ella que jamás volvimos a ver a Ivy llorando en el sofá, y su sonrisa era cada vez más definitoria de lo que estaba viviendo. 

Hoy, al verla en el hospital con su niña, que acaba de nacer, no he podido no acordarme de la Ivy que se bañaba en aquella cerveza quitapenas que no tenía nada que ver con lo que ella es. Una 'i' en mayúscula.

sábado, 21 de enero de 2017

Conversação

- Cuando esté en Lisboa, voy a pintarme los labios todos los días.
- ¿Por qué?
- Ya sabes, para estar preparada. 
- ¿Para qué?
- Para lo que sea. Quiero estar a la altura... ¿No te suena Lisboa a esquinas inesperadas, a bares llenos de gente genial, a que siempre parezca que estás de vacaciones? ¿No te huele como a comida rica y eternas conversaciones con buena música de fondo? 
- Nunca he estado en Lisboa...
- Yo tampoco boba, pero,  ¿no te recuerda como a vivir en una peli y llevar ropa ideal todos los días, a tener excusa para ponerte sombrero y a que siempre haga bueno?
- No.
- Jo, Gloria, ¡que poca imaginación tienes! Pues a mí sí, y te prometo que en cuanto ponga el pie en Lisboa el lunes, me sentiré como si fuera agosto.
- Pues eres tonta, porque estamos a 21 de enero.
- Déjalo...