jueves, 29 de octubre de 2015

Runaway

No sabes lo que hiciste. No tienes ni idea de como lo dejaste todo, desordenado, roto. Tengo que estar todos los días dedicándome a ello para que vuelva a estar como estaba. Nunca fuiste consciente del caos que impusiste. No sabes lo que hiciste. Entrar así, casi sin llamar y vendándome los ojos. Te creí y te di mi tiempo y mi cariño. Te confié mis secretos, mi vida. Inconscientemente los tiraste a la basura y empezaste a extender tu confusión. Empezamos a encerrarnos en tu universo; sin dejarme salir. Me dejaste sin respiración y aún ahora hay días que me ahogo recordándolo. Sin embargo, como soy idiota, te echo de menos. Y solo acordarme de la primera vez que me dijiste cuanto me querías, me hace llorar. Sigo estancada en tu sonrisa y en tu recuerdo. Me gustaría tomarme ese café contigo y llamarte de vez en cuando. 

Sé que hice lo que los dos necesitábamos, pero ya sabes cómo soy, nostálgico-compulsiva, me gusta pensar en ti, aunque duela. 

domingo, 25 de octubre de 2015

Daydreamer

Creo que tenía 13 años cuando, paseando por las oscuras calles de Montpellier, soñé que viajaría por todo el mundo. La Ópera coronaba una hermosa plaza de la ciudad y los borrachos poblaban sus parques. Estábamos esperando el tranvía y todo el mundo hablaba francés. Creo que entonces soñé que iría a una universidad extranjera, que aprendería francés y que me casaría con alguien de otro país. Soñé todo eso en el poco tiempo que tardó el tranvía en llegar. Cuando soñaba ese tipo de cosas, que aún sigo soñando, mi corazón latía más fuerte y más rápido, una enorme sonrisa se dibujaba en mi rostro y quizá dos lágrimas caían sobre mis pómulos. Sí, siempre he sido feliz soñando, y gracias a Dios, he cumplido muchos de mis sueños. 

Recuerdo subirme al tranvía y ver como un joven no alcanzaba a entrar y pensar, ¡cuántos tranvías perderé yo viajando por el mundo!

viernes, 23 de octubre de 2015

Read together

Desde hace tres meses paso todas las mañanas en el hospital, leyendo en voz alta el periódico. 

*     *    *

Conocí a Enrique de casualidad un día en la biblioteca, estaba leyendo mi New York Times, el único ejemplar que traen cada mañana. Acababa de jubilarme y es lo que hacía todas las mañanas, leer el periódico. Normalmente no había nadie más que lo quisiera, por lo menos a las 10:30, cuando yo iba a la biblioteca. 

Mi mujer solía dejarme allí después de que desayunáramos en Peet's, ella té y yo café. Teníamos 67 años y toda una vida por detrás, y otra por delante , como le gusta decir a ella. Ese día mi plan se había desencajado, alguien había llegado antes que yo. Me coloqué delante de él, como un niño que espera que se libere el único columpio del parque. 

-May I help you?

Preguntó Enrique con un fuerte acento hispano. 

-No sir, I was just waiting, I wanna read it too. I mean, I use to read it everyday at this time but today I can't, so I have to wait. 

- Oh, I see...Then we can read it together, there're crazy things going on in Iraq, ya know. 
Era una proposición de lo más inesperada. ¿Leerlo juntos? Me senté a su lado, estaba
 leyendo la columna de una chica que estaba en Bagdad que iba contando todos los días el conflicto. Me impresionó que hubiera alguien más interesado por lo que estaba pasando al otro lado del océano en mi ciudad. Desde los tiempos de la universidad solo hablaba de ello con Serena, mi mujer. A partir de aquella vez, Serena me despedía en la biblioteca y yo iba, casi corriendo, a la sala de lectura donde Enrique me esperaba, a veces con un par de quesadillas, leyendo el periódico. 
Enrique nació en Ciudad de México hace 75 años, llegó a California en 1988 con su mujer y sus cuatro hijos. Había estudiado en la universidad y era profesor de ciencias. Encontró pronto un trabajo como profesor en mi ciudad, su inglés es bueno, aunque nunca se ha esforzado en esconder su acento mexicano. En los diez años que llevamos siendo amigos, Serena y yo ya hemos ido cinco veces a México, nos lo sabemos casi de memoria. 

Enrique perdió a su mujer hace cinco años, tres de sus hijos viven en San Diego, y el más pequeño está trabajando en Chicago, pero le visitan muy a menudo. Desde hace dos o tres años, ya no me acuerdo, está viviendo en casa, con nosotros. Es un muy buen amigo, nunca le estaré suficientemente agradecido al New York Times. 
Ahora Enrique vive en el hospital, lleva tres meses luchando contra una enfermedad que tiene un nombre muy raro, pero nunca pierde su buen humor.
Seguimos leyendo el periódico todas las mañanas. 



martes, 20 de octubre de 2015

Every road had a rainbow

Las playas en California, a principios de octubre, están para no bañarse. Hoy la playa está llena de niños y perros, y veo a algún valiente que se ha echado, tabla en mano, a cazar alguna ola surfeable. Estoy mojándome los pies, a las orillas de la bahía, pensando en todo lo que he echado de menos, todo lo que he dejado de vivir. Las olas llegan suaves y frías. No deja de repetirse esa canción de Tony Benett en mi cabeza. Las risas de los niños me dan la vida. Recuerdo cómo James y yo, de jóvenes, paseábamos por la orilla recogiendo conchas y jugando a predecir el próximo terremoto. Siempre quisimos vivir uno juntos. La última vez que ocurrió, yo estaba haciendo una entrevista en Santa Clara y él se había quedado con los niños en casa. Me hizo prometer que el próximo lo viviríamos juntos. Jamás pudimos. Otro desastre se lo llevó antes de que pudiéramos. Pero yo sigo bajando todos los sábados a recoger conchas de la orilla mientras espero a que llegue mi hija con los niños, Edith es la única que se ha quedado a vivir cerca de la ciudad. 

La letra de I left my heart in San Francisco, se repite en mi subconsciente. Es 4 de octubre, hace muchos años, James me sacó a bailar en una fiesta al ritmo de esa canción; a la vuelta, en su coche me dijo cuánto me quería y yo le dije que sí. James tenía la capacidad de hacer de cada problema una broma y de sacarme de quicio cada día con algo diferente. Pero jamás quise a nadie como le quise a él. Supo soportarme durante tantos años, que si lo pienso lloro y le recuerdo sentado a mi lado canturreando cualquier canción. Debe estar allá arriba riéndose a carcajadas al oír esto, pero es verdad. Hoy agradezco todo aquella noche: la música, sus palabras y mi sí. 

En cambio ahora, bailo sola con las olas. Edith estará a punto de llegar. James siempre dijo que era la más independiente que nos dejaría abandonados por alguno de sus viajes a la primera de cambio, pero es la única que me llama todos los días y sigue confiando en mí como lo hizo siempre. James no tenía mucha intuición algunas veces, otras, en cambio, daba en el clavo; como cuando dijo que jamás sabría encajar la vida si le echaba de menos todos los días. Sin embargo, no lo hago, cada rincón de San Francisco guarda el recuerdo de un beso de James que consigue sacarme una sonrisa. 

viernes, 16 de octubre de 2015

Long ago

He vuelto a releer mis primeros artículos. Me ha dolido ver que antes escribía mejor, o quizá es que tenía más tiempo para leer, o que escuchaba otra música. No sé, pero me he sentido orgullosa de ver todo lo que pensé y pude poner por escrito. Me arrepiento de no sacar un ratito todos los días para poner en papel lo que me ronda la cabeza. Esto no es más que una excusa, un justificante de mi silencio. A partir de ahora todo va a cambiar, prometo volver a escuchar a Priscilla Ahn y dejarme inspirar por las historias de amor de otros, quizá volver a imaginar la mía. Desde que vivo en San Francisco los días están tan llenos de cosas, de ruido y de colores que no queda apenas espacio en blanco. Pero como digo, esto no son más que excusas, en el Golden Gate hay más de 100 historias que contar y pienso llevarme yo la exclusiva. 

jueves, 8 de octubre de 2015

La verdad

Es verdad que los días sin ella no son lo mismo. A veces siento la necesidad de coger el móvil y marcar su número, pero gracias a Dios, me resisto. Es verdad que las calles de Berna no son las mismas sin su risa, sin sus bromas, sin los comentarios que solía hacer de todo. Es verdad que ella siempre estaba ahí, para mí, como nunca nadie había estado. Cada vez que me hago un sándwich recuerdo sus macarrones boloñesa y se me hace un nudo en el estómago. Teníamos una vida juntos, teníamos todos los ingredientes pero yo me pasé de tiempo en el horno y se nos quemó el bizcocho. Es verdad que la quiero, y sé que ella también. Es verdad que la verdad da paz, como la que nos inundó aquella tarde en Madrid. Es verdad que ahora las mañanas no tienen el mismo sentido y que por la noche no tengo con quién hablar. Pero todo está mejor así, o por lo menos es lo que necesito creer, que todo está bien así. Ella ya no era la misma, por todo lo que había pasado. 

La verdad es que ahora sé que es feliz. 

jueves, 1 de octubre de 2015

Life blows

Era una imagen de lo más clásica. Mi café empezaba a enfriarse y la lluvia golpeaba las ventanas. Cuando llueve en Uagadugú, llueve de verdad. Estaba intentando escribir un artículo sobre lo que estaba pasando, pero las palabras no salían. Solo pensaba a ti, en tu mirada, en la gente del aeropuerto. Tenía que entregar el artículo esa noche, y no sabía que poner. ¿Iba a estar así toda la vida?

" Le coup d'état
  Uagadugú
 Alana Larson

Tus ojos clavados en mi subconsciente no me dejan escribir, ¿sabes? Tengo el olor de tus manos en la memoria y ni siquiera estoy disfrutando del café que me he comprado. Es tan difícil hacerlo todo, ceder y confiar. No quiero sufrir más. Así que déjame contar lo del golpe de estado, déjame hablar de las revueltas que forman parte de mi día a día. Sal de mi cabeza, deja de hablar, porque me lo juego todo."

Nada, no salía nada más que eso. Era una gran oportunidad. El New York Times no manda a una novata por el mundo todos los días. Siempre había querido pisar el continente africano, y el hecho de poder hacerlo como reportera era mi sueño. Pero no dejaba de pensar en lo que me dijiste, en que amar es atreverse, es decir que sí y que no, pero el sí siempre resulta ser más grande. No dejaba de imaginarme rodeada de mis niños, con tu mirada a mi lado. Tenía que enviar el artículo esa noche.

Cogí el teléfono y marqué tu número, no sé ni qué hora era en Seattle, no lo pensé. 

-¿Sí?
-¿Tommy?
-Sí, ¿quién eres? ¿Son las 3 de la mañana?
-Ya lo sé, soy Alana. Puedes repetirme lo que me dijiste en el aeropuerto. No consigo escribir el maldito artículo porque no consigo acordarme de lo que me dijiste y me está torturando y necesito entregar ya esto, ¿sabes? Me la estás jugando Tommy, necesito este artículo en menos de tres horas y no sale nada...
-Alana, cálmate. Te quiero, eso fue lo que te dije. Te quiero, te quiero y sé que tú también. Así que escribe ese maldito artículo y vuelve a Seattle. 
-Gracias. ¿Me dejarás viajar siempre?
-Claro, no tengo que dejarte yo, es tu vida, cielo. Espero que no te manden a ninguna guerra y que te quieras casar conmigo un día de estos. Es todo. Así que siéntate y escribe eso.
-Gracias Tommy, siento haberte despertado. Lo segundo espero que me lo repitas en condiciones al llegar a Seattle, vuelvo mañana. Creía que estaba hecha para esto, pero necesito estar en casa, contigo.
-Yo creo que vas a ser la mejor reportera del New York Times, no digas que no estás hecha para eso. Ese trabajo lo inventaron para ti. ¡Estás en Burkina Faso, mi amor! 
-Ya, es muy fuerte. Soy idiota, y te quiero, te quiero y quiero decirte que sí siempre. ¿Vale? Nos vemos mañana. Creo que ya sé como empezar el artículo. Duerme, te quiero.