viernes, 11 de diciembre de 2015

Friendly kind of freak

Los viernes por la tarde no corrijo exámenes ni preparo clases. Los viernes ordeno el piso. Me centro en la cocina y la dejo como para que la hagan fotos. Mi cuarto y toda la ropa acumulada durante la semana. Los papeles de los dos mil seminarios de la uni a los que quiero ir pero que nunca tengo tiempo. Luego pongo una lavadora y mientras intento llamar a mi madre, que nunca puede hablar, porque está conduciendo o lo que sea y termino hablando con mi hermana que me cuenta del instituto y de lo tontas que son las niñas de su clase. Le cuento que aquí en Berlín los institutos deben ser muy distintos. Cuando termina la lavadora, la tiendo, sabiendo que no se secará hasta quizá mañana por la tarde. Me hago un té, con poca azúcar, y si queda del bizcocho que me hice el domingo pasado, pues con bizcocho de zanahoria. Me gusta sentarme a leer en el salón, mientras escucho el ruido de la calle. Mi cuarto ya está. La cocina y el salón también. El cuarto de baño le toca o a Tilman o a Agatha, ya no me acuerdo a quién le toca los viernes. Agatha suele llegar sobre las 6h30 con un plan maravilloso que me salva de mi rutina y acabamos en cualquier mercadillo clandestino o en un concierto de mierda. Pero es un buen plan, porque la gente es lo que importa. A casi todos mis amigos los he conocido en clases de la uni en las que me cuelo, en la presentación de un libro en la librería española de Neuköln o en conciertos en algún garito de Kreuzberg. Agatha me ha enseñado un Berlín que no conocía y hace que me olvide de los exámenes de mis niños, de que en Madrid hace mejor tiempo, de que sigo soltera y de que era ella quién tenía que haber hecho el baño, porque los viernes le toca a ella. 


I wanna be as cool as Berlin
I wanna be future with a history
Out of tune but in my melody
Je m'en fous, but very trendy

domingo, 29 de noviembre de 2015

Inevitable delirio

¿Y por qué iba a mentir? Te echo de menos. Como a nadie. Te echo muchísimo de menos y ni siquiera te lo puedo decir. No sé que es peor, el no poder decírtelo o el querer. 

¿Por qué soy así? Contradictoria y loca. ¿Cómo puedo estar aquí llorando como una imbécil porque quiero contarte todo lo que me está pasando? Porque quiero que me repitas que todo va a salir bien. Porque de repente quiero volver a contar contigo. Quizá es que soy una caprichosa, o que no sé lo que quiero. O que mi memoria prefiere no acordarse de las lágrimas de tristeza que llenaban mis noches durante la última primavera que pasamos juntos. Mi memoria prefiere torturarme con el recuerdo de tu compañía, con nuestros bailes, con nuestra canción, con tus iniciales rondándome la cabeza. Me hace escuchar tu voz en la boca de otros que hablan tu idioma. Le gusta que siga derramando lágrimas durante el invierno. Ella prefiere recordarme lo feliz que fui, me hace recordar el olor de tu ropa, y el sabor de tus besos. Es una maldita que está consiguiendo volverme loca. Ya no me deja ni soñar. Quiero que lo sepas. Te echo de menos. 





Espero que tú también. 

domingo, 22 de noviembre de 2015

An 'opening horizons' story

     No era la primera vez que salía de casa, pero esta vez era la definitiva. Estuve un año estudiando en Boston pero entonces, sabía que tras los nueve meses del curso volvería a casa. Recuerdo estar haciendo la maleta y mirar la lista que había hecho para no olvidarme nada. Soy la típica que sin listas no se aclara, necesito hacer check en todos los puntos para salir tranquila. Mabel estaba haciendo la maleta conmigo, como siempre, nos íbamos juntas. Antes de subir al carro, mamá me agarró fuerte y me dio una carta en la que escribió qué tanto me amaba. Ella no hizo más que la escuela primaria. Es mi heroína. Mis padres llegaron de México en 1970, yo y mi hermana gemela nacimos en California, la sexta y séptima de mi familia. Veinte años después, nos habían aceptado en la universidad de Berkeley. 

Ya tenía la maleta, los papeles y el corazón lleno de emociones. Quería abrir mis horizontes y lo estaba consiguiendo. Fuimos manejando todo el camino hasta Berkeley. Al llegar a San Francisco, aparcamos en el distrito de Marina, para comer algo y descansar. Me quedé mirando hacía la bahía y pensé en todo lo que viviría a partir de ese momento. 

El primer año, vivimos en una de las residencias que facilita el colegio. Al siguiente curso teníamos una habitación en una de las casas del campus. Yo trabajaba todos los días para ir pagando poco a poco el colegio y ahorrar para el futuro. 

La primera vez que le vi, llegaba de la compra con un montón de bolsas. En la casa todos teníamos una tarea, él se ocupaba de la cocina y de que hubiera comida en la nevera. Me puse a ayudarlo y hablamos. Era de familia argentina y tenía un nombre alemán. Él se graduaba ese año y su novia también. En cuanto supe que estaba con alguien guardé las distancias, no quería estropear nada, no soy así. Se enteró de que me gustaba, porque él es así, lo sabe siempre todo, y un día cualquiera llamó a la puerta de mi habitación; yo estaba hablando con mi hermana gemela.

-¿Cuál de las dos es María?
-Yo, ¿qué pasa?
-¿Te vienes a dar un paseo conmigo?
- ¿Dónde está Gina?

Gina era su novia, unos meses antes habían estado peleando en la cocina.

-No lo sé, ¿vienes?

Desde aquel paseo, todo empezó. Al año siguiente yo me iba a Francia y él empezó a trabajar en una ciudad un poco más al sur de San Francisco, pensé que era el final de nuestros paseos. Pero a los cuatro meses se presentó en Burdeos con su maleta y ganas de recorrer Europa conmigo. Rentamos un carro y fuimos a Italia, al sur de Francia y a Suiza. Estuvimos en sitios maravillosos y empecé a darme cuenta de que quería pasar toda mi vida así, juntos. Cuando me gradué nos mudamos a Saratoga y estuvimos viviendo allí unos años. Después, nos instalamos en el distrito de Marina, desde donde yo diez años antes observaba la ciudad de Berkeley preguntándome qué sería de mi vida. 

Hoy, veinticuatro años después, miro a mis tres hijas y pienso que hice bien en querer abrir mis horizontes, en darle a la vida otra vuelta, en atreverme a vivir. No puedo estar más agradecida por aquel primer paseo, por aquellos primeros meses en Berkeley, por los viajes que hemos podido hacer juntos, por todo lo que nos queda por vivir. 



A una muy buena amiga. 

Little things

- Yo soy persona de calles estrechas, de conciertos en la calle. Soy más de salir a tomar un café después de una fructífera exposición de fotografía, soy persona de museos. Me gusta más oler la lluvia sobre el asfalto que sobre la hierba, me gustan los pasos de cebra y las luces de los carteles del cine. No sé qué es, supongo que soy más de ciudad que de campo. Prefiero el ruido que el silencio, necesito sentir que la vida sigue, no que está parada. Necesito hablar y conocer a gente nueva, necesito descubrir. Mirar por la ventana y no ver más que dos colibrís y una ardilla cargándose el jardín mientras el perro intenta cazarla, pues, qué quieres que te diga, no me inspira mucho. Prefiero coger el metro a las diez de la noche, pedir vino blanco con pizza y descubrir un grupo desconocido que toca el próximo viernes en el bar de la esquina.
-Entiendo... 
-No quiere decir que no me guste el campo. Respirar y no oír más que el ruido de las hojas meciéndose con el viento. Daría lo que fuera por vivir a media hora de la playa y poder sentarme a ver las olas desaparecer en la espuma del mar todos los días.
-Eso en San Francisco lo puedes hacer, con vino blanco y pizza después de un concierto en la calle. 
-Ya lo sé, es lo que estamos haciendo ahora, bobo. Ojalá vivir aquí. Pero, ¿me entiendes? A mí si me mandas a Montana, me has matado.
-Ja ja ja, sí, te entiendo. 

jueves, 5 de noviembre de 2015

Crispy introspection

-¿Sabes que es lo que más echaba de menos al principio?

Estábamos en el In-n-Out devorando una hamburguesa. La luz entraba por la ventana que estaba justo detrás de ella. Quería sacarle una foto, pero no quería interrumpirla. 

-¿El qué?
-La libertad. Quiero decir, la independencia. La libertad de movimiento que puedes tener en cualquier gran ciudad de Europa, aquí no existe. ¿Te acuerdas de Berlín? Allí nos movimos todo el rato en bici... 
-Ya...Tienes ketchup en la nariz. Pero bueno, aquí, en cuanto tienes un coche puedes ir a cualquier sitio. 
-Claro, si tienes un coche. Es un rollo. Yo me acuerdo que para ir a la uni las primeras veces tuve que arreglármelas con el Caltrain y un par de buses cutrísimos. Es una vergüenza. Un poquito de consideración por los pobres que no tienen dinero para pagar la gasolina. 
-¿Me dejas hacerte una foto? Estás guapísima. 
-Eres bobo, pero como quieras, me encanta que me hagas fotos. 
-No, pues nada, no te la hago. 
-¡Que sí! te quiero bobón, me encantan tus fotos. Porfi, ahora quiero que me la hagas, de verdad. 

La verdad es que le habría hecho una foto todos los días. Siempre ríendose de todo y sin darse cuenta de la luz que proyecta su sonrisa. Recuerdo la primera vez que la vi. Estábamos en una conferencia en el edificio de Old Union, en el tercer piso. Llevaba una camisa azul, todas sus camisas son azules. Tenía el pelo largo y castaño, llevaba los labios pintados, siempre los lleva pintados. Yo no me atreví a hablarle aquella primera vez. Ella se reía y dirigía la conversación, hacía bromas sobre todo el mundo y justo después pedía perdón por si acaso alguien se había ofendido. 

-Que, ¿ya has hecho la foto?
-¿Eh?
-Andrew, ¿en qué estás pensando?
-En la vez aquella que bromeaste con que algún día llegaría a la luna. En Old Union, y yo traté de preguntarte algo en español. 
- Aquella vez fue la primera vez que hablamos, me acuerdo perfectamente. Yo estaba echa un lío en mi cabeza y no sabía qué sentir. ¿Has hecho la foto?
-No, no, espera... Ya, ya está. Estás guapísima. 
- Tú también. 
-¿No sabías qué sentir?
-Sí, no sabía que sentir, ya te lo he contado mil veces. Todo me daba vértigo, ya no creía en nada. Y de repente, ahí estabas tú, todo lo que jamás habría imaginado. ¿Ibas en chanclas, o soy yo que lo exagero todo?
-Ja ja ja, sí, iba en chanclas y con una camisa morada, con letras. 
-Sí, horrorosa, me acuerdo. Pues eso, me salvaste la vida, ya lo sabes. ¿Te vas a terminar las patatas? Creo que la peli empezaba a y veinte, ¿no, marido?
-No tengo ni idea, mujer, pero vamos. 
-Ja ja ja... Me como tus patatas entonces. 
- Sí, si, corre, pero vamos. 

Ella sí que me ha salvado la vida. 

jueves, 29 de octubre de 2015

Runaway

No sabes lo que hiciste. No tienes ni idea de como lo dejaste todo, desordenado, roto. Tengo que estar todos los días dedicándome a ello para que vuelva a estar como estaba. Nunca fuiste consciente del caos que impusiste. No sabes lo que hiciste. Entrar así, casi sin llamar y vendándome los ojos. Te creí y te di mi tiempo y mi cariño. Te confié mis secretos, mi vida. Inconscientemente los tiraste a la basura y empezaste a extender tu confusión. Empezamos a encerrarnos en tu universo; sin dejarme salir. Me dejaste sin respiración y aún ahora hay días que me ahogo recordándolo. Sin embargo, como soy idiota, te echo de menos. Y solo acordarme de la primera vez que me dijiste cuanto me querías, me hace llorar. Sigo estancada en tu sonrisa y en tu recuerdo. Me gustaría tomarme ese café contigo y llamarte de vez en cuando. 

Sé que hice lo que los dos necesitábamos, pero ya sabes cómo soy, nostálgico-compulsiva, me gusta pensar en ti, aunque duela. 

domingo, 25 de octubre de 2015

Daydreamer

Creo que tenía 13 años cuando, paseando por las oscuras calles de Montpellier, soñé que viajaría por todo el mundo. La Ópera coronaba una hermosa plaza de la ciudad y los borrachos poblaban sus parques. Estábamos esperando el tranvía y todo el mundo hablaba francés. Creo que entonces soñé que iría a una universidad extranjera, que aprendería francés y que me casaría con alguien de otro país. Soñé todo eso en el poco tiempo que tardó el tranvía en llegar. Cuando soñaba ese tipo de cosas, que aún sigo soñando, mi corazón latía más fuerte y más rápido, una enorme sonrisa se dibujaba en mi rostro y quizá dos lágrimas caían sobre mis pómulos. Sí, siempre he sido feliz soñando, y gracias a Dios, he cumplido muchos de mis sueños. 

Recuerdo subirme al tranvía y ver como un joven no alcanzaba a entrar y pensar, ¡cuántos tranvías perderé yo viajando por el mundo!

viernes, 23 de octubre de 2015

Read together

Desde hace tres meses paso todas las mañanas en el hospital, leyendo en voz alta el periódico. 

*     *    *

Conocí a Enrique de casualidad un día en la biblioteca, estaba leyendo mi New York Times, el único ejemplar que traen cada mañana. Acababa de jubilarme y es lo que hacía todas las mañanas, leer el periódico. Normalmente no había nadie más que lo quisiera, por lo menos a las 10:30, cuando yo iba a la biblioteca. 

Mi mujer solía dejarme allí después de que desayunáramos en Peet's, ella té y yo café. Teníamos 67 años y toda una vida por detrás, y otra por delante , como le gusta decir a ella. Ese día mi plan se había desencajado, alguien había llegado antes que yo. Me coloqué delante de él, como un niño que espera que se libere el único columpio del parque. 

-May I help you?

Preguntó Enrique con un fuerte acento hispano. 

-No sir, I was just waiting, I wanna read it too. I mean, I use to read it everyday at this time but today I can't, so I have to wait. 

- Oh, I see...Then we can read it together, there're crazy things going on in Iraq, ya know. 
Era una proposición de lo más inesperada. ¿Leerlo juntos? Me senté a su lado, estaba
 leyendo la columna de una chica que estaba en Bagdad que iba contando todos los días el conflicto. Me impresionó que hubiera alguien más interesado por lo que estaba pasando al otro lado del océano en mi ciudad. Desde los tiempos de la universidad solo hablaba de ello con Serena, mi mujer. A partir de aquella vez, Serena me despedía en la biblioteca y yo iba, casi corriendo, a la sala de lectura donde Enrique me esperaba, a veces con un par de quesadillas, leyendo el periódico. 
Enrique nació en Ciudad de México hace 75 años, llegó a California en 1988 con su mujer y sus cuatro hijos. Había estudiado en la universidad y era profesor de ciencias. Encontró pronto un trabajo como profesor en mi ciudad, su inglés es bueno, aunque nunca se ha esforzado en esconder su acento mexicano. En los diez años que llevamos siendo amigos, Serena y yo ya hemos ido cinco veces a México, nos lo sabemos casi de memoria. 

Enrique perdió a su mujer hace cinco años, tres de sus hijos viven en San Diego, y el más pequeño está trabajando en Chicago, pero le visitan muy a menudo. Desde hace dos o tres años, ya no me acuerdo, está viviendo en casa, con nosotros. Es un muy buen amigo, nunca le estaré suficientemente agradecido al New York Times. 
Ahora Enrique vive en el hospital, lleva tres meses luchando contra una enfermedad que tiene un nombre muy raro, pero nunca pierde su buen humor.
Seguimos leyendo el periódico todas las mañanas. 



martes, 20 de octubre de 2015

Every road had a rainbow

Las playas en California, a principios de octubre, están para no bañarse. Hoy la playa está llena de niños y perros, y veo a algún valiente que se ha echado, tabla en mano, a cazar alguna ola surfeable. Estoy mojándome los pies, a las orillas de la bahía, pensando en todo lo que he echado de menos, todo lo que he dejado de vivir. Las olas llegan suaves y frías. No deja de repetirse esa canción de Tony Benett en mi cabeza. Las risas de los niños me dan la vida. Recuerdo cómo James y yo, de jóvenes, paseábamos por la orilla recogiendo conchas y jugando a predecir el próximo terremoto. Siempre quisimos vivir uno juntos. La última vez que ocurrió, yo estaba haciendo una entrevista en Santa Clara y él se había quedado con los niños en casa. Me hizo prometer que el próximo lo viviríamos juntos. Jamás pudimos. Otro desastre se lo llevó antes de que pudiéramos. Pero yo sigo bajando todos los sábados a recoger conchas de la orilla mientras espero a que llegue mi hija con los niños, Edith es la única que se ha quedado a vivir cerca de la ciudad. 

La letra de I left my heart in San Francisco, se repite en mi subconsciente. Es 4 de octubre, hace muchos años, James me sacó a bailar en una fiesta al ritmo de esa canción; a la vuelta, en su coche me dijo cuánto me quería y yo le dije que sí. James tenía la capacidad de hacer de cada problema una broma y de sacarme de quicio cada día con algo diferente. Pero jamás quise a nadie como le quise a él. Supo soportarme durante tantos años, que si lo pienso lloro y le recuerdo sentado a mi lado canturreando cualquier canción. Debe estar allá arriba riéndose a carcajadas al oír esto, pero es verdad. Hoy agradezco todo aquella noche: la música, sus palabras y mi sí. 

En cambio ahora, bailo sola con las olas. Edith estará a punto de llegar. James siempre dijo que era la más independiente que nos dejaría abandonados por alguno de sus viajes a la primera de cambio, pero es la única que me llama todos los días y sigue confiando en mí como lo hizo siempre. James no tenía mucha intuición algunas veces, otras, en cambio, daba en el clavo; como cuando dijo que jamás sabría encajar la vida si le echaba de menos todos los días. Sin embargo, no lo hago, cada rincón de San Francisco guarda el recuerdo de un beso de James que consigue sacarme una sonrisa. 

viernes, 16 de octubre de 2015

Long ago

He vuelto a releer mis primeros artículos. Me ha dolido ver que antes escribía mejor, o quizá es que tenía más tiempo para leer, o que escuchaba otra música. No sé, pero me he sentido orgullosa de ver todo lo que pensé y pude poner por escrito. Me arrepiento de no sacar un ratito todos los días para poner en papel lo que me ronda la cabeza. Esto no es más que una excusa, un justificante de mi silencio. A partir de ahora todo va a cambiar, prometo volver a escuchar a Priscilla Ahn y dejarme inspirar por las historias de amor de otros, quizá volver a imaginar la mía. Desde que vivo en San Francisco los días están tan llenos de cosas, de ruido y de colores que no queda apenas espacio en blanco. Pero como digo, esto no son más que excusas, en el Golden Gate hay más de 100 historias que contar y pienso llevarme yo la exclusiva. 

jueves, 8 de octubre de 2015

La verdad

Es verdad que los días sin ella no son lo mismo. A veces siento la necesidad de coger el móvil y marcar su número, pero gracias a Dios, me resisto. Es verdad que las calles de Berna no son las mismas sin su risa, sin sus bromas, sin los comentarios que solía hacer de todo. Es verdad que ella siempre estaba ahí, para mí, como nunca nadie había estado. Cada vez que me hago un sándwich recuerdo sus macarrones boloñesa y se me hace un nudo en el estómago. Teníamos una vida juntos, teníamos todos los ingredientes pero yo me pasé de tiempo en el horno y se nos quemó el bizcocho. Es verdad que la quiero, y sé que ella también. Es verdad que la verdad da paz, como la que nos inundó aquella tarde en Madrid. Es verdad que ahora las mañanas no tienen el mismo sentido y que por la noche no tengo con quién hablar. Pero todo está mejor así, o por lo menos es lo que necesito creer, que todo está bien así. Ella ya no era la misma, por todo lo que había pasado. 

La verdad es que ahora sé que es feliz. 

jueves, 1 de octubre de 2015

Life blows

Era una imagen de lo más clásica. Mi café empezaba a enfriarse y la lluvia golpeaba las ventanas. Cuando llueve en Uagadugú, llueve de verdad. Estaba intentando escribir un artículo sobre lo que estaba pasando, pero las palabras no salían. Solo pensaba en ti, en tu mirada, en la gente del aeropuerto. Tenía que entregar el artículo esa noche, y no sabía qué poner. ¿Iba a estar así toda la vida?

" Le coup d'état
  Uagadugú
 Alana Larson

Tus ojos clavados en mi subconsciente no me dejan escribir, ¿sabes? Tengo el olor de tus manos en la memoria y ni siquiera estoy disfrutando del café que me he comprado. Es tan difícil hacerlo todo, ceder y confiar. No quiero sufrir más. Así que déjame contar lo del golpe de estado, déjame hablar de las revueltas que forman parte de mi día a día. Sal de mi cabeza, deja de hablar, porque me lo juego todo."

Nada, no salía nada más que eso. Era una gran oportunidad. El New York Times no manda a una novata por el mundo todos los días. Siempre había querido pisar el continente africano, y el hecho de poder hacerlo como reportera, era mi sueño. Pero no dejaba de pensar en lo que me dijiste, en que amar es atreverse, es decir que sí y que no, pero el sí siempre resulta ser más grande. No dejaba de imaginarme rodeada de mis niños, con tu mirada a mi lado. Tenía que enviar el artículo esa noche.

Cogí el teléfono y marqué tu número, no sé ni qué hora era en Seattle, no lo pensé. 

-¿Sí?
-¿Tommy?
-Sí, ¿quién eres? ¿Son las 3 de la mañana?
-Ya lo sé, soy Alana. Puedes repetirme lo que me dijiste en el aeropuerto. No consigo escribir el maldito artículo porque no consigo acordarme de lo que me dijiste y me está torturando y necesito entregar ya esto, ¿sabes? Me la estás jugando Tommy, necesito este artículo en menos de tres horas y no sale nada...
-Alana, cálmate. Te quiero, eso fue lo que te dije. Te quiero, te quiero y sé que tú también. Así que escribe ese maldito artículo y vuelve a Seattle. 
-Gracias. ¿Me dejarás viajar siempre?
-Claro, no tengo que dejarte yo, es tu vida, cielo. Espero que no te manden a ninguna guerra y que te quieras casar conmigo un día de estos. Es todo. Así que siéntate y escribe eso.
-Gracias Tommy, siento haberte despertado. Lo segundo espero que me lo repitas en condiciones al llegar a Seattle, vuelvo mañana. Creía que estaba hecha para esto, pero necesito estar en casa, contigo.
-Yo creo que vas a ser la mejor reportera del New York Times, no digas que no estás hecha para eso. Ese trabajo lo inventaron para ti. ¡Estás en Burkina Faso, mi amor! 
-Ya, es muy fuerte. Soy idiota, y te quiero, te quiero y quiero decirte que sí siempre. ¿Vale? Nos vemos mañana. Creo que ya sé como empezar el artículo. Duerme, te quiero.